Category: Enigmas de la humanidad

June 27th, 2008

Jet lag

 

 

Vacaciones, viajar, aventuras,… son cosas relacionadas normalmente con el verano. Este año me temo que no me va a tocar vivir nadad de eso en la época estival. Aún así, estoy experimentando algunas de las sensaciones que se viven en esas situaciones.

Cuando te vas de vacaciones te puede dar una insolación, o la diarrea del viajero, o el mal de altura, o te puede picar una medusa, por poner algunos ejemplos. Bueno, pues yo tengo jet-lag, y sin moverme de casa. A ver quién supera eso.

Después de más de tres meses trabajando por la noche ya estoy lista para mudarme a Australia. No quiere decir que lo vaya a hacer, pero mi organismo ya está más que preparado. El problema quizá sea mi fobia a las serpientes, y me han dicho que en las antípodas hay mucho bicho raro. Pero, vamos, que con un poco de terapia todo es ponerse.

Pero volviendo al tema del jet-lag, ya que no me voy a mudar a Australia (una pena, lo sé), estoy descubriendo otro mundo. Por lo general, ni los días que libro logro dormirme andes de que amanezca. Cuando trabajo no es un problema, sino todo lo contrario, pero cuando me quedo en casa la cosa ya toma otro cariz.

Como no me puedo entretener pasando la aspiradora (mi familia y mis vecinos no me lo perdonarían), ni yéndome de paseo a disfrutar del sol, me he aficionado a ver películas. No me paso a las series porque bastante tengo con tener que esperar al año que viene para ver la quinta temporada de perdidos. No me quiero enganchar a ninguna más. Así que como decía, veo pelis. Y resulta que el youtube es como un videoclub, solo que tienes que ir buscando los trocitos de la peli. Además, mi preferencia por la versión original lo pone todo más fácil. Como muchas películas ni siquiera tienen subtítulos, es como hacer un master nocturno en comprensión auditiva de inglés. Para que luego digan que navegar por Internet es perder el tiempo.

El mundo de la radio nocturna también tiene su cosa, pero aún no he encontrado nada que me enganche. Los programas sobre fenómenos paranormales o a los que la gente llama para contar sus penas y luego añadir “pero no quiero que nadie lo sepa” (que entonces ¿para qué llaman a la radio?) no son mi fuerte.

De manera que por ahora seguiré con las películas. Tras unos días con el ánimo un poco ñoño en los que me he tragado casi entero el ciclo Jane Austen, creo que me voy a pasar a los clásicos. ¿Alguna sugerencia?

April 9th, 2008

Temporada primavera-verano

Hay veces en las que una se ve obligada a hacer ciertas cosas que ni son de su agrado ni hace normalmente. Estoy hablando de la actividad popularmente conocida como “ir de tiendas”. Hoy me he visto en esa tesitura y, haciendo acopio de valor y fuerza, me he lanzado al ruedo. Podrá sonar exagerado, pero cualquiera que me conozca un poco sabe de mi grave aversión al fenómeno del shopping. ¿Por qué lo hago entonces? Porque aún no tengo dinero suficiente para pagarme un sastre.

Para darme ánimos a mi misma e intentar distraer mi mente de la sensación de rechazo que me asalta, he intentado tomármelo como un ejercicio de ciencia social y sacar alguna conclusión acerca del comportamiento humano en este campo. Para ello he ido a la zona de estudio a primera hora de la mañana, justo cuando abrían, que es cuando hay menos gente. Porque una podrá tener espíritu científico, pero no es masoca.

Cuando voy a comprar ropa suelo llevar una idea en mente de lo que busco. Y lo busco con las mayor rapidez posible, y si no lo encuentro me marcho. Punto. Por eso prefiero ir sola de tiendas, o como mucho con mi madre, cuyo vínculo afectivo hacia mí es lo suficientemente fuerte como para poder aguantar mi irascibilidad, mal humor o la depresión que puedo llegar a sufrir en estas situaciones.

Una de las cosas que más me llaman la atención (y más me molestan) es el calor que hace es las tiendas de trapos. Qué infierno (literalmente). Llegas de la calle con 20 capas, el paraguas y el bolso. A esto súmale la ropa que vas tomando para llevártela al probador o simplemente para verla con más detenimiento. En la vida hay pocas cosas más agobiantes que eso. Bueno, sí que las hay: estar con todo eso en el probador.

Los probadores. Esos minúsculos, agobiantes e incómodos cubículos, en los que la inmensa mayoría de las veces no hay ni una mísera banquetita y los percheros son tan enanos/cutres/fashion (elíjase lo que corresponda) que la ropa se cae constantemente al suelo. Además, no se con qué ánimo están diseñados. No creo que sea con vistas a vender más, porque esa directa luz cenital y esos espejos no suelen ser especialmente favorecedores. Más bien parece que están diseñados a mala leche. Ah, y luego rezar para que la cortinilla cierre bien, porque si no te conviertes en el espectáculo de strip-tease de media tienda.

Sé que es duro trabajar todo el día ahí de pié aguantando a los pesados que no hacen más que desordenarte las estanterías (hablo con conocimiento de causa), pero aun así algunos dependientes son verdaderos personajes. Esta mañana he entrado en una popular tienda de ropa de chica que no voy a mencionar, más que nada porque sólo al franquear el umbral ya estaba pensando “por favor, que nadie me vea aquí”, por todas las veces que he criticado el estilo y las tallas de dicho comercio. Me dirijo a los probadores con algunas prendas y una chica con cara de desgana y mal humor me dice, en una vocecilla que hacía que Cañizares, de CameraCafé, pareciese la reencarnación de Paco Rabal, “sólo cuatro prendas”. Pobre criatura, a pesar de su falta de tacto con los clientes, debe tenerlo difícil cuando quiera que alguien la tome en serio.

Por mi especial tirria a ir de compras, yo necesito que los dependientes me traten con un poco de amabilidad. De lo contrario, si me toca la típica borde que parece que te está haciendo un favor al buscarte otra talla o al cobrarte la prenda, soy capaz de dejar el trapo en el mostrador y marcharme por donde he venido. Para ponerme de mal humor comprando ropa ya me valgo yo sola, no necesito ayuda.

Resultado del paseo: dos camisetas y unas medias. Más o menos lo que iba buscando. Eso sí, admito mi falta de originalidad. Las medias eran iguales que unas que ya tengo y las camisetas son iguales entre sí. Pero esto es como los anuncios de detergente, si algo te va bien ¿para qué cambiar? Me cuesta encontrar algo que me guste, que me sirva y que además se ajuste a un precio razonable. ¿Lo encuentro? Entonces deme dos. Así me ahorro otro paseo como el de hoy dentro de unos meses.

Así, poco a poco, voy renovando mi fondo de armario. Porque usar la misma talla que cuando tenía 15 años no es excusa para seguir poniéndome la ropa que aún tengo de entonces.

November 25th, 2007

Sinterklaas y Zwarte Piet viven juntos en Madrid

Lo malo de integrarse en un país es que te invitan a fiestas. Bueno, eso no es malo, pero implica determinadas cosas. Por ejemplo, que si la fiesta es la de Sinterklaas, ya te puedes ir preparando para escribir un poemita. Y no uno cualquiera, sino uno sobre el regalo que haces, la persona a la que se lo das, y para colmo en holandés. Con la prosa me apaño bastante bien, pero la poesía es el don que el cielo me negó.Sinterklaas

A todo esto, no he dicho quien es Sinterklaas ni de qué va la cosa. Sinterklaas es un tipo con barba, vestido de obispo del año catapún, con su báculo y su mitra incluidos. Le acompaña un séquito de pajes negros, que curiosamente se llaman todos igual: Zwarte Piet, es decir, Pedro el negro. Todo muy políticamente correcto.

Según el relato tradicional, Sinterklaas trae regalos a los niños Neerlandeses y Belgas la noche del 5 al 6 de diciembre. A diferencia de su colega de profesión Papá Noel, Sint (como le llaman los amigos) vive durante el resto de año en Madrid. Y es que para qué irse a vivir a Laponia con el frío que hace, cuando puedes disfrutar del sol español. Lo que no sé es a quién se le ocurrió la peregrina idea de que Sinterklaas fuese desde Madrid a Holanda EN BARCO. Por que, a ver, los reyes magos tienen que ir un poco incómodos en el camello, pero físicamente el recorrido se puede hacer (y tiempo de sobra tienen porque no hacen nada el resto de año). Pero cualquiera que mire un mapa puede ver que es IMPOSIBLE ir en barco desde Madrid a cualquier sitio. Aunque bueno, con esto del cambio climático lo mismo dentro de unos años podemos hablar de la playa de Aranjuez, por ejemplo.

Sinterklaas y Papa Noel de vacaciones en la Costa del SolPero a lo que iba, que para la fiesta de Sinterklaas tengo que escribir un poema para una persona a la que he visto una vez en mi vida (nos han repartido en plan “amigo invisible”). Este ultimo dato lo complica todo un poco más, porque una cosa es no saber rimar, y otra no saber qué decir.

El otro día intenté escribir un par de versos, pero no había forma. Así que llamé al “servicio de emergencias”, es decir, a mis compañeros de piso. Nos llevó un rato, pero al final sacamos algo más o menos “apañao”. Me incluyo yo también en el proceso, porque yo miraba y opinaba mientras ellos escribían. Trabajo en equipo, como debe ser.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que los holandeses tienen una forma totalmente diferente de rimar. Había cosas que a mí me parecía que pegaban bien, mientras que ellos decían que no rimaban nada. Escarbando en mi memoria intenté explicarles lo de la rima asonante, los versos libres y cosas por el estilo, pero no colaba. Así que pasé de discutir y dejé que rimasen ellos como les diese la gana, porque, total, yo no soy Quevedo y la persona que lo va a leer posiblemente sea tan cuadriculada como mis holandeses caseros.

Ahora me queda la incógnita de qué será lo que han escrito para mí… Lo veremos la próxima semana.

September 6th, 2007

El “mal de altura”

Los niños pequeños, cuando sus papás les presentan a alguien, no tienen ningún reparo en decir delante de esa persona lo primero que se les pasa por la mente. Cosas del tipo:

- Mamá, ese señor tiene pelos en la nariz.

O bien…

- Papá, a esa señora le huele el aliento.

Con los años estos comportamientos se van modificando. Aprendemos a no nombrar los atributos que consideramos “negativos” nada más conocer a la otra persona, porque lo consideramos una falta de educación. Sin embargo, tampoco lo solemos hacer con las cosas aparentemente positivas. Pongamos un pequeño ejemplo: estamos en una oficina y llega el jefe con un compañero o compañera que se incorpora hoy al trabajo. El jefe hace las típicas presentaciones formales.

Jefe: Esta es Fulanita, se incorpora hoy a la plantilla de la oficina. Fulanita, esta es tu compañera Pichuchita.

Fulanita: (dirigiéndose al jefe) ¡jo, qué culo más gordo tiene esta chica!

Esta no es una respuesta habitual. Puede que Fulanita piense eso de Pachuchita nada más verla, pero por educación, no se lo diría. De la misma forma, Fulanita tampoco diría “¡jo, qué buen culo tiene esta chica!” en esa situación. Y esto tampoco lo diría un hombre, aunque lo pensase realmente. Ese tipo de cosas se pueden llegar a decir cuando hay un poco más de confianza, pero no es normal hacerlo durante una presentación, ya sea en un lugar de trabajo, en una reunión con familiares lejanos o en un encuentro con los vecinos en el portal.

Sin embargo, todo el mundo se cree con derecho a comentar la estatura de los que destacan por ser altos. Cuando alguien es más bajito de lo habitual nadie suele recordárselo 5 segundos después de conocerle, más que nada porque hay quien se lo puede tomar a mal. Pero, ¿qué pasa con los altos? ¿Por qué se les trata de manera diferente?

Los altos son, con frecuencia, objeto de comentarios tanto en tono negativo como en tono positivo. Y nos lo dicen a la cara de cualquiera de las dos formas. A mí, la verdad, es que no me molestan ese tipo de observaciones, veo mi estatura como algo bueno, me lo digan en el tono que me lo digan, y he tenido ya muchos años para acostumbrarme a estas reacciones de la gente. No obstante, puedes llegar a cansarte de que un gran porcentaje de la gente a la que vas conociendo te recuerde siempre tu estatura, como si no te hubieras dado cuenta nunca. Hay situaciones en los que a la frasecita “qué alta eres” me dan ganas de responder “y tú qué pesado, no por gordo, aunque también”, o “¿se te ha caído el pelo de tanto pensar hasta llegar a esa conclusión o es herencia genética?”.

A pesar de todo, como acabo de decir, a mi estas cosas me dan un poco igual. Sin duda, es mucho peor cuando los conocidos de hace tiempo te dicen, en tono jocoso, cada vez que te ven “¡¿cuándo vas a parar de crecer?!”, aunque sepan de sobra que hace más de diez años que pasaste la etapa de crecimiento. Será la envidia, que les corroe.

August 12th, 2007

El terremoto de Alcorcón (y de España entera)

Esta mañana, unos minutos antes de las 10, cuando la mayoría aún nos encontrábamos en los brazos de Morfeo, un inesperado terremoto ha venido a animar nuestras rutinas veraniegas. Porque, admitámoslo, de vacaciones o no, agosto no es un mes que se caracterice por su alto índice de hechos noticiosos. Los periódicos se vuelven famélicos y los telediarios dan cabida a sucesos que en otras épocas ni se les ocurriría mencionar. Pero un terremoto de 5’1 en la escala de richi en España es algo nuevo, ya sea invierno o verano, llueva o haga sol.

Tras el susto, y al ver que no ha habido ni daños materiales ni personales, la reacción popular pasa del miedo a la sensación de haber vivido algo emocionante que pasa cada mucho tiempo. Del “¿has notado eso?” con la voz entrecortada, al rato pasamos al “joe, tío, ¿has notado el terremoto de esta mañana? ¡Ha sido increíble!” que suena como si estuviésemos hablando de la goleada de algún equipo de fútbol.

Bueno, así reacciona mucha gente, pero luego los hay que, como yo, tenemos reacciones de lo más variopintas. Y es que esto de trabajar en la tele está haciendo estragos en mi subconsciente. Sin ir más lejos, cuando ha temblado todo el edificio, se han movido los cuadros y mi hermana me ha preguntado asustada si había notado el terremoto, mi primera reacción ha sido darme la vuelta en la cama y decir “sí, lo he notado, bueno, luego lo veremos en las noticias” y he seguido durmiendo. Y, efectivamente, si después no lo llego a oír en la radio hubiera pensado que lo había soñado. Al final quizá hasta sea verdad aquello de que lo que no sale en los medios es como si no sucediese.