Lo malo de integrarse en un país es que te invitan a fiestas. Bueno, eso no es malo, pero implica determinadas cosas. Por ejemplo, que si la fiesta es la de Sinterklaas, ya te puedes ir preparando para escribir un poemita. Y no uno cualquiera, sino uno sobre el regalo que haces, la persona a la que se lo das, y para colmo en holandés. Con la prosa me apaño bastante bien, pero la poesía es el don que el cielo me negó.
A todo esto, no he dicho quien es Sinterklaas ni de qué va la cosa. Sinterklaas es un tipo con barba, vestido de obispo del año catapún, con su báculo y su mitra incluidos. Le acompaña un séquito de pajes negros, que curiosamente se llaman todos igual: Zwarte Piet, es decir, Pedro el negro. Todo muy políticamente correcto.
Según el relato tradicional, Sinterklaas trae regalos a los niños Neerlandeses y Belgas la noche del 5 al 6 de diciembre. A diferencia de su colega de profesión Papá Noel, Sint (como le llaman los amigos) vive durante el resto de año en Madrid. Y es que para qué irse a vivir a Laponia con el frío que hace, cuando puedes disfrutar del sol español. Lo que no sé es a quién se le ocurrió la peregrina idea de que Sinterklaas fuese desde Madrid a Holanda EN BARCO. Por que, a ver, los reyes magos tienen que ir un poco incómodos en el camello, pero físicamente el recorrido se puede hacer (y tiempo de sobra tienen porque no hacen nada el resto de año). Pero cualquiera que mire un mapa puede ver que es IMPOSIBLE ir en barco desde Madrid a cualquier sitio. Aunque bueno, con esto del cambio climático lo mismo dentro de unos años podemos hablar de la playa de Aranjuez, por ejemplo.
Pero a lo que iba, que para la fiesta de Sinterklaas tengo que escribir un poema para una persona a la que he visto una vez en mi vida (nos han repartido en plan “amigo invisible”). Este ultimo dato lo complica todo un poco más, porque una cosa es no saber rimar, y otra no saber qué decir.
El otro día intenté escribir un par de versos, pero no había forma. Así que llamé al “servicio de emergencias”, es decir, a mis compañeros de piso. Nos llevó un rato, pero al final sacamos algo más o menos “apañao”. Me incluyo yo también en el proceso, porque yo miraba y opinaba mientras ellos escribían. Trabajo en equipo, como debe ser.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que los holandeses tienen una forma totalmente diferente de rimar. Había cosas que a mí me parecía que pegaban bien, mientras que ellos decían que no rimaban nada. Escarbando en mi memoria intenté explicarles lo de la rima asonante, los versos libres y cosas por el estilo, pero no colaba. Así que pasé de discutir y dejé que rimasen ellos como les diese la gana, porque, total, yo no soy Quevedo y la persona que lo va a leer posiblemente sea tan cuadriculada como mis holandeses caseros.
Ahora me queda la incógnita de qué será lo que han escrito para mí… Lo veremos la próxima semana.
