Como por ahora no tengo ni trabajo, ni dinero, ni casa propia, ni na de na, no puedo hacer, por ejemplo, ni grandes obras benéficas, ni donativos para salvar los océanos, ni apadrinar a un niño. Pero tengo otros métodos para compartir.
Dinero, hay poco, y cuando se gasta se acabó, y apáñatelas para volver a ahorrar; pero por mi extensa geografía corporal corren unos cuantos litros de sangre que con el tiempo se van regenerando. No es sangre azul, pero casi mejor, porque la hemofilia no debe ser una compañía agradable. Por eso soy donante de sangre y, aunque pueda suponer una minucia para muchos, yo estoy orgullosa de ello.
Porque es fácil.
Porque la sangre no se puede fabricar y tiene un tiempo de almacenamiento limitado.
Porque es una manera de hacer un regalo a alguien y que no te cueste dinero.
Porque a la vez beneficio mi salud.
Porque te hacen una pequeña revisión, esa que a muchos se les olvida hacerse regularmente o no lo hacen solo por no pasarse la tarde en la sala de espera del médico (como es mi caso).
Porque analizan mi sangre y me envían los resultados a casa.
Y porque, como rezaba una frase que escuché ayer, si salvas una vida eres un héroe. Y si salvas tres eres un donante.