A los estadounidenses les gusta decir que viven en un gran país y, en parte, tienen razón, aunque sólo sea por el tamaño. Todo es grande, desde el bote de champú de litro y medio en el súper, a la vejiga de mi compañera de asiento en el avión, que en 8 horas y media de vuelo no se levantó ni una vez a mear (y eso que no paraba de beber agua).
Las distancias también son enormes. Lo que en el mapa parece que está a tiro de piedra, después se convierte en un mínimo de tres horas en el coche. Por eso, y para evitar el estrés de hacer turismo por las grandes ciudades, en este viaje he decidido concentrarme en un área más local: el estado de Maryland y alrededores. ¿Por qué ahí teniendo tantos sitios para elegir? Pues porque ahí es donde vive mi hermana, en su pequeño pueblo-campus Dharma, en la periferia de Baltimore.

Con el pueblo Dharma como campamento base, he visitado algunos sitios interesantes en los cuatro días que llevo en los States. Por ejemplo, Gettysburg, localidad del estado de Pensylvania (que de pequeña me sonaba siempre a Transilvania, pero que con el tiempo he aprendido que no es lo mismo). Allí tuvo lugar una de las batallas más importantes de la guerra civil estadounidense (1861-1865) y donde poco después Abraham Lincoln pronunció uno de sus discursos más importantes.
Los terrenos circundantes al área urbana de Gettysburg (pueblo con toques pintorescos), son impresionantes. Bosques frondosos y verdes praderas se extienden hasta donde alcanza la vista, y a través de ellos hay organizada una ruta donde los visitantes (la mayoría en coche, esa extremidad adicional sin la que no pueden vivir el 99% de los estadounidenses) pueden recorrer los lugares más importantes de la batalla. Todo ello “decorado” con unas cuantas barricadas de madera, un par de torres vigía (ya más modernas), multitud de monumentos en honor a los soldados de ambos bandos y unos cuantos cañones del siglo XIX, que en lugar de lanzar bombas ahora dan cobijo a proyectos de pajaritos. Sin duda, una función mucho más gratificante. Pero, pollitos aparte, es curioso ver cómo un vestigio de una guerra civil ha llegado a convertirse en símbolo de unión nacional.
Otro sitio curioso donde he estado es pueblo de Intercourse (cuyo significado en inglés da lugar a más de un chiste jocoso). En este pueblo, y en algunos más del condado de Lancaster, vive una cantidad significativa de familias amish. Los amish son un grupo religioso que, entre otras muchas características, es contrario al progreso tecnológico, como el uso de electricidad o los automóviles, y siguen la moda de hace 300 años. Muchas películas han intentado retratar su estilo de vida, con su barbita (ellos), sus gorrito de paja y sus carros tirados de caballos, como en Único Testigo, de Harrison Ford.
Esa es la teoría. La práctica debo decir que es otra cosa. Hoy se me ha caído un mito al ver un amish con su barbita, su gorrito, y su ropa de hace 300 años sentado al volante de un coche actual y hablando por un teléfono móvil. Que supongo que habrá muchos que sí sigan sus creencias a rajatabla, pero también entiendo que debe ser complicado vivir aislado del mundo que te rodea y decirle a tus hijos que gran parte de lo que ven en la vida de sus vecinos va contra sus creencias.
Pero uno de los sitios que más me han cautivado hasta ahora ha sido un pequeño puente que encontré tras haberme perdido a las afueras de Gettysburg. Era una construcción de hierro y madera situada sobre un río y rodeada de vegetación. Desde el centro se veía como los rayos del sol al atardecer adornaban una rama de un árbol que, como una diadema, coronaba el caudal del río. A veces, donde casi todo impresiona por su gran tamaño, lo que más impacta son los detalles más pequeños.
Aún me quedaré 10 días más en el Nuevo Mundo. Seguiré contando.
